Lo más frecuente era que yo pensase que estaba manifiestamente loca, que, por mi parte, era una broma malintencionada prestarme a su juego. Me imagino que la veía por ser su agitación algo tan descentrado, tan estéril como mi propia vida privada, igualmente turbada al mismo tiempo. Lo que más me interesaba era la morbosa concupiscencia que le impulsaba a dar vida y sangre por la causa de los desheredados. Y yo pensaba: sería una sangre pobre de virgen sucia.