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Fragmento de una carta de amor

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Fragmento de una carta de amor

Supervert
Fuente: Necrophilia Variations

Era lluvia de marzo, una lluvia fría, enfriada todavía por el invierno pero aún no entibiada por el verano. No era refrescante ni vivificante, como pueden serlo algunas lluvias. Había algo aterrador en ella. Las nubes servían de cobertura a ángeles malévolos que disparaban ametralladoras desde el cielo. Las gotas tenían un núcleo de hielo. No querrías que una te diera en el ojo. Te atravesaría hasta el cerebro y te mataría. Esa clase de lluvia era.

Homicida.

Fragmento de una carta de amor

Te abrí la puerta del coche y entraste. Conectaste el celular al encendedor. Te miraste en el retrovisor y te pintaste los labios. Pensé que quizá simplemente arrancarías y te irías. Habíamos estado peleando.

Golpeé la ventanilla. La bajaste. Metí la cabeza. Podrías haber subido el cristal y decapitarme. Podrías haberme atrapado la cabeza en el marco de la ventana y pisado el acelerador. Podrías haberme arrastrado calle abajo hasta que mi cuerpo se desprendiera de mi cabeza.

Pero no lo hiciste.

Me besaste y después te fuiste.

Te vi alejarte. Me alegró que hubiéramos hecho un gesto de reconciliación antes de que te marcharas. Me preocupaba que la lluvia se convirtiera en hielo sobre la carretera. El coche podría encontrar una placa de hielo negro y estrellarse contra una barrera de concreto. Te golpearías la cabeza contra el parabrisas. Una camioneta a toda velocidad no alcanzaría a frenar y se estrellaría contra ti por detrás. La fuerza del impacto te lanzaría a cien yardas del vehículo. Caerías sobre el carril contrario. Un camión verde cargado de agua Perrier te pasaría por encima. Chocaría y el agua carbonatada extendería tu sangre por la carretera.

Llegaría la noche, dejaría de llover y todo se congelaría.

Nuevas láminas de hielo cubrirían el asfalto.

Hielo hecho de tu sangre.

Fragmento de una carta de amor

Nunca te amé tanto como en aquel momento en que te alejaste en el coche y me dejaste ahí, de pie bajo la lluvia homicida. Había algo en la posibilidad de tu muerte que avivaba lo que sentía por ti. No es que quisiera que murieras. Era simplemente que la idea de no volver a verte jamás, la idea de que pudieras estar tendida sobre el pavimento frío y mojado, murmurando mi nombre por última vez, agitaba mi amor, lo excitaba, lo volvía más afilado, más punzante.

Mientras me daba la vuelta para regresar a la casa, comprendí que me llamarías al celular diez minutos después. Comprendí que no ibas a morir. Y, sin embargo, comprendí también que la posibilidad de la muerte, minúscula, completamente improbable, incendiaba mi amor de una manera que tu presencia jamás podría hacerlo.

Viva y entre mis brazos, eras una fuente de felicidad, pero también de frustración y resentimiento. Es natural. Pero muerta y dentro de mis sueños, eras una fuente de dolor y, por lo tanto, me veía obligado a concluir que el amor era más plenamente él mismo en ese estado que en la rutina concreta de la vida.

El lugar común dice que el amor debería ser eterno. Pero es precisamente la eternidad lo que aplana y destruye el amor. Si la familiaridad engendra desprecio, imagina hasta qué punto puedes familiarizarte con alguien después de mil o de un millón de años.

Dios nos libre de acabar juntos en el cielo.

Su infinitud haría que termináramos odiándonos.

Mejor tú en el cielo y yo en el infierno. Nos añoraríamos, soñaríamos el uno con el otro, nos idealizaríamos. Tú despotricarías contra Dios, porque Él te impediría consumar tu amor. Yo te mandaría señales de humo desde mi fosa de azufre: cartas de amor que olerían a sulfuro y te harían toser.

Quizá incluso intentaríamos escabullirnos al purgatorio para encontrarnos clandestinamente.

Tú serías un ángel y yo un demonio, con cuernos y pezuñas de cabra, pero eso no restaría nada a nuestro apasionado reencuentro. Tu aureola dorada temblaría mientras folláramos. Te tomaría por detrás y las plumas de tus alas me harían cosquillas en el hocico.

¿No suena romántico?

Ese es precisamente el punto.

Cuando estamos juntos, el amor es asediado por todas partes por pequeñas imperfecciones. Huelo mal. Eructo. Me tiro pedos. Cago. ¿Cómo demonios podrías sentir algo romántico por mí?

Y tú, tú tampoco eres ningún ángel. Gimoteas. Protestas y te quejas. Refunfuñas y rezongas. A veces haces que desee quedarme sordo. Cuando hablas, fantaseo con clavarme agujas de tejer en los oídos y perforarme los tímpanos.

Y si realmente lo hiciera, si me quedara ahí de pie con la sangre saliéndome de los oídos y corriéndome por el cuello, probablemente dejarías de quejarte. Todas esas pequeñas imperfecciones desaparecerían ante una oleada inmensa de amor y preocupación. Correrías hacia mí, me consolarías, me abrazarías y esperarías que no muriera desangrado.

La violencia, en suma, afilaría tus sentimientos, del mismo modo que afila los míos.

Pero esta es una ecuación precaria, una fórmula jodida, una receta para el desastre indudable. Si la muerte, o su posibilidad, mejora el amor, ¿dónde trazas la línea?

Por ejemplo, ¿es aceptable, es psicológicamente sano, fantasear con la muerte de la mujer que amas precisamente para amarla mejor? Hay algo profundamente retorcido en imaginarte muriendo en un accidente automovilístico sólo para poder pronunciar esa palabra de cuatro letras: amor.

Y, sin embargo, supongamos que es aceptable fantasear con que te estrellas contra una barrera de concreto, porque una fantasía no es más que una fantasía. ¿Estaría bien también fantasear con matarte? ¿Sólo se te permite morir en accidentes? ¿Por qué no puedo soñar despierto que te apuñalo para conseguir amarte más?

¿Importa lo que te ocurra en mi vida imaginaria si en la realidad soy un novio más amable? ¿Un marido más sensible? ¿Un amante más amoroso?

¿Y qué pasa si la fantasía comienza a desbordarse sobre la realidad?

Vamos por la carretera. Yo conduzco, demasiado rápido. Entro y salgo del carril de rebase. Juego a ver quién se aparta primero con los otros coches. Tú te aferras al asiento. Tienes los nudillos blancos, como huesos. Rozo un taxi y acelero para escapar, riéndome.

«¿Qué demonios te pasa?», gritas.

Te miro con los ojos convertidos en lunas llenas.

Sólo lo hago porque me parece romántico.

La muerte hace que te ame.

Creo que la muerte también hace que tú me ames.

Te lo explico todo y tú lo entiendes. Así que seguimos poniendo en peligro nuestras vidas y las de quienes nos rodean sólo para sentirnos más cerca.

¿Está bien?

Si atropello a un niño que va en bicicleta, ¿me absolverá el jurado si digo que no lo hice por malicia ni por negligencia, sino por amor?

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