Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles, Bookkake, 2008
Mi intención es destruir cualquier placer que pudieras obtener de este libro.
Tal vez creas que estás sentado cómodamente, o quizá acurrucado en la cama, pero eso es sólo tu cuerpo. En tu mente sólo existe una postura para leer: una postura de sumisión. Cuando lees, siempre estás de rodillas, aceptando humildemente tus lecciones del dios escritor. Todo lector es un zombi, un esclavo, un robot que quiere ser programado y controlado. Apartas tus propios pensamientos para dejar sitio a los míos. Hazlo. Ahora.
Si crees que un escritor siente alguna consideración por sus lectores, piénsalo otra vez. Sólo la forma más baja de escritor se preocupa un ápice por ellos. Para un gran escritor, el lector no es más que un obstáculo entre él y la fama. Por eso los grandes libros son siempre tan difíciles de comprender. Mira Finnegans Wake. Ese libro no hace ningún gesto de concesión. Ese libro no se preocupa por ti. La única epifanía que puede ofrecer Finnegans Wake consiste en entender que, en el universo del escritor, eres el equivalente de un gusano o una colilla. Joyce te aplasta contra el suelo con el tacón.
Sé lo que esperas de una introducción. Quieres todos los antecedentes. Quieres saber que Leopold von Sacher-Masoch nació en 1836, publicó La Venus de las pieles en 1870 y murió en 1895. Quieres saber que provenía de una región del Imperio austríaco que hoy forma parte de Ucrania. Quieres saber que escribía en alemán, publicó una multitud de libros y relatos y alcanzó fama literaria en vida. Quieres saber que su fetiche aparece en muchas de sus obras y que La Venus de las pieles se inspiró en la experiencia del autor como esclavo de una mujer llamada Fanny von Pistor. Quieres saber que Krafft-Ebing se inspiró en la obra y la personalidad de Sacher-Masoch para acuñar el término masoquismo.
Pero no quiero contarte nada de eso. Tal vez te sea útil saberlo. Tal vez no. Francamente, me aburre, y de todos modos tú no me importas. Lo importante aquí es mi placer. El escritor es el amo de la relación literaria. El lector es el esclavo. Si quiero hablarte de La Venus de las pieles, escucharás. Si no quiero, escucharás de todos modos. No tienes elección. Aquí yo soy la voz. Tú eres el oído. Acostúmbrate.
Si esperas que diga algo esclarecedor sobre este libro, eres idiota. No quiero arrojar ninguna luz sobre este pedazo de basura. Quiero decir cosas que oscurezcan este libro, que lo sumerjan en tinieblas, que lo entierren como un animal entierra su mierda. Eso es lo que han hecho otros escritores. Freud no menciona ni una sola vez a Sacher-Masoch en sus extensas discusiones sobre el masoquismo. Nietzsche, que probablemente había leído a Sacher-Masoch y estaba profundamente interesado en las relaciones entre amo y esclavo, tampoco menciona al autor de La Venus de las pieles. Spengler no lo incluye en La decadencia de Occidente. Kafka, que recurrió a La Venus de las pieles para «La metamorfosis», nunca menciona a Sacher-Masoch por su nombre. Joyce, que albergaba tendencias masoquistas, se refiere dos veces a Sacher-Masoch en Ulises. Pero ésa es la excepción, no la regla. En general, la actitud de otros escritores hacia Sacher-Masoch es la de Henry James: «Nunca leí una sola palabra de Sacher-Masoch. Leo muy poca ficción y me habían advertido que me mantuviera alejado de él».
Advertido para mantenerme alejado, ¿por qué? Porque como escritor Sacher-Masoch no tiene gran cosa que enseñar. Sus biógrafos admiten que la calidad de su obra cayó en picada después de La Venus de las pieles. Esta «obra maestra» está escrita en pequeñas viñetas, como jadeos entre latigazos. Pero incluso aquí, mira cómo Sacher-Masoch arruina la descripción de su propio fetiche por las pieles. Wanda se burla de las comparaciones que utiliza: «“Una mujer vestida con pieles, entonces”, exclamó Wanda, “¿no es más que un gran gato, una batería eléctrica aumentada?”». Un gato eléctrico, una batería felina: eso sí que es erótico. Eso sí que es perspicaz... No, eso es una metáfora mixta. Puaj.
Por otra parte, si Wanda se burla de él, sin duda es porque él quiere que se burlen de él. Sacher-Masoch renuncia al dominio clínico de sus síntomas porque no quiere ser su amo, sino su sirviente. Cada palabra está calculada para provocar repulsión y desprecio. Sacher-Masoch simplifica en exceso: tienes que ser amo o esclavo. Mezcla metáforas: ¿una batería felina? Se contradice. Mira cómo arruina su propia sintomatología. No la considera masoquismo, que todavía no existía como entidad clínica, sino suprasensualidad (Übersinnlichkeit). «Cada día me volvía más confuso, más fantasioso, más suprasensual». Toma un concepto con raíces en el platonismo, lo suprasensible como un reino literalmente por encima de los sentidos, y lo declara raíz de su deseo de someterse a las experiencias sensuales más atroces. Tiene tan poco sentido que sólo puede ser una estratagema para involucrarte en sus fantasías de castigo. Si todas sus ideas están equivocadas, es porque Sacher-Masoch no quiere tener razón: quiere ser corregido.
Sacher-Masoch rechaza todo lo que podría hacer que lo respetaras como hombre, ¿ha existido alguna vez un ejemplo mayor del ressentiment de Sartre que este gusano que coreografía su propia humillación y luego se queja de ella?, y también como escritor. Sacher-Masoch es un manipulador que interpreta al esclavo y un escritor que finge ser lector. Su sustituto, Severin, habla constantemente de sus lecturas: «Leo a Homero, Virgilio, Ossian...». Lee en voz alta para Wanda. Tiende a citar. Cuando amenaza con matarla, Wanda replica: «¿De qué obra de teatro sale eso?». Es como si Sacher-Masoch quisiera degradarse hasta el nivel del lector. No es de extrañar que otros escritores lo rehúyan. ¿Qué escritor no quiere ser autor de obras maestras? Sacher-Masoch. Él habría preferido escribir obras esclavas. Quiere que lo desprecies. La decrepitud de su arte es la señal de su esfuerzo por humillarse ante el lector.
En un episodio, Severin escribe un poema titulado «Venus de las pieles». Cuando Wanda le quita el manuscrito, él no puede seguir trabajando porque sólo recuerda la primera estrofa. ¿No ves que eso es lo que el autor quiere realmente de ti? Quiere ser castigado, y la manera de castigar a un escritor es amordazarlo. «¡Silencio, esclavo!». El gusano probablemente estaría encantado si tú te hicieras cargo de toda la palabrería, si te convirtieras en el escritor, tomaras un ejemplar de La Venus de las pieles y garabatearas tu propia narración encima, como una versión literaria de Erased De Kooning Drawing, de Robert Rauschenberg. A Sacher-Masoch le habría encantado. Borra su libro.
(Se ha sugerido, en el Journal of the American Academy of Psychoanalysis, que Sacher-Masoch quizá escribió como autor fantasma los cuentos de su esposa Wanda e incluso sus famosas memorias. Desde luego, puedes imaginar a Wanda obligando a su esclavo a escribir textos que ella pudiera utilizar para humillarlo publicándolos bajo su propio nombre. Esto no habría tenido el efecto de borrar su obra, pero al menos habría borrado el nombre de Sacher-Masoch.)
Como lector, esto te coloca en una posición difícil. Por un lado, sientes que estarías encantado de complacer a Sacher-Masoch. Podrías disfrutar humillando este libro exasperante. Puedes imaginar que lo abres, juntas una buena bola de saliva en la boca, escupes entre dos páginas al azar y las cierras de golpe. Eso es lo que merece esta verborrea inútil. Con un poco de suerte, la tinta y la saliva se correrán y terminarás con algo más interesante que este tomo miserable: un test de Rorschach.
Por otro lado, ¿no te está manipulando Sacher-Masoch para que hagas justamente eso? ¿De verdad quieres permitirle que te controle de esa manera? El masoquista colocando al sádico en posición: es el ejemplo perfecto de lo que Nietzsche quiere decir cuando habla de esclavos que gobiernan a sus amos. En su ensayo «La razón de Sade», Maurice Blanchot señala que «con los héroes de Sade, los placeres de la degradación no disminuyen en absoluto su dominio, y los de la abyección los elevan a las alturas». Lo contrario ocurre con los héroes de Sacher-Masoch. Los placeres de la tortura no elevan en absoluto su humillación. Por el contrario, son los torturadores quienes se sienten degradados por la víctima, manipulados por ella para hacer y decir cosas que en realidad no quieren hacer. Ése es el dilema constante de Wanda: el látigo está siendo colocado en su mano.
Esto no quiere decir que Sacher-Masoch sea una simple inversión de Sade. En su ensayo Lo frío y lo cruel, Gilles Deleuze lo argumentó de manera muy persuasiva: «El tema de la unidad del sadismo y el masoquismo y el concepto de una entidad sadomasoquista han hecho un gran daño a Sacher-Masoch. No sólo ha padecido un olvido injusto, sino también la suposición injusta de una complementariedad y una unidad dialéctica con Sade». Pero ¿con quién es realmente injusta esta comparación? ¿Compararlo con el divino marqués perjudica la obra, en su mayor parte mediocre, de Sacher-Masoch? Si así fuera, de todos modos a Sacher-Masoch le gustaría. ¿O comparar a Sade con el patético caballero disminuye la grandeza de Sade?
Si no estuviera confinado a las páginas preliminares de este libro, aparecería en distintos momentos de la narración para mostrarte hasta qué punto es inferior a un monumento como Los 120 días de Sodoma. Por ejemplo, detendría la acción en uno de esos idiotas arrebatos de Sacher-Masoch ante la naturaleza. Aquí estás tú, leyendo el libro por su tema escabroso, y este imbécil de escritor tiene que interrumpirlo con un idilio dedicado a las flores o a la luz de la luna. Si alguna vez alguien quisiera pagarme, y no podrían pagarme lo suficiente, para traducir este cuento imbécil, tomaría pasajes como éste:
¡Qué solemnidad! ¡Qué música alrededor! Solloza un ruiseñor. Las estrellas tiemblan apenas en el resplandor azul pálido. La pradera parece lisa, como un espejo, como una capa de hielo sobre un estanque.
y los traduciría así:
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o así:
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o quizá simplemente lo borraría. ¿Para qué perder mi tiempo y el tuyo? O mejor dicho, ¿para qué perder mi tiempo? El tuyo me es indiferente. No eres más que un lector servil. Puaj. Me das asco. Parafraseando a Wanda, no significas más que un perro, y a los perros se les dan patadas.
Este libro es como el borde de un asiento de inodoro sucio. Si quieres lamerlo, no seré yo quien se interponga en el camino de tu degradación. De hecho, quizá ésa sea incluso la mejor razón para publicar esta cosa: para que puedas rebajarte con ella. Prepárate, esclavo. Acepta el castigo que mereces. Lee este libro. Hazlo. Ahora.