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Una carta corregida junto a una máquina de escribir

Cuento

Secretaria

Mary Gaitskill · 1988

La palabra «humillación» me vino a la mente con tanta fuerza que bloqueó de forma poderosa todas las demás palabras.

Fuente: Bad Behavior

La clase de mecanografía y secretariado se daba en una pequeña habitación del sótano del Business Building de la escuela pública local. La profesora era una mujer mayor con un pelo que ondeaba en vagas nubecillas alrededor de las sienes y que llevaba unos kleenex doblados asomándole por la bocamanga del vestido para un futuro uso, probablemente nasal. Llevaba un cronómetro en una mano y ladeaba la cadera mientras nos observaba con ojos severos e imperiales sin importarle que se le viera barriga. La chica que estaba sentada delante de mí tenía unos rizos cortos y rubios sobre los hombros delgados. Cuando el tiempo era frío y seco, le salían disparados unos mechones solitarios.

Una joven escribe a máquina en un aula de tonos verdes
I / Aprender a escribir.

Era una clase de dos horas con una pausa de diez minutos. Todo el mundo salía al pasillo durante la pausa, a buscar café o golosinas de las máquinas. Las chicas formaban grupitos y hablaban, mientras que los dos alumnos masculinos caminaban despacio arriba y abajo del corredor, encorvados y con el vaso de poliestireno en la mano, atisbando al pasar por los resquicios iluminados de las puertas de las clases de comercio.

Yo me iba al ventanal que daba al aparcamiento y me quedaba mirando las luces de la calle que se proyectaban sobre el capó de los coches.

Después de clase volvía a casa y dejaba los libros sobre la mesa del comedor, entre las sobras de la cena: servilletas hechas un rebujo, vasos de agua, un plato de judías verdes. El plato de mi padre siempre estaba allí, con huesos roídos y restos de pimienta. Él se encontraba en la sala de estar con el plato de helado en el regazo, con la chaqueta del pijama puesta y el pelo levantado. —¿Cuántas pulsaciones por minuto has hecho esta noche?, preguntaba.

No era una pregunta descabellada, pero inadecuada tal vez, por la manera previsible e impaciente de formularla. Reflejaba su manera de acumular detalles sin importancia y su miedo obsesivo a que yo pudiera acabar como mi hermana. Ella hacía ocho años que trabajaba en una residencia para gente retrasada. Llevaba tejanos y largos abrigos del ejército para ir al trabajo cada día. Cuando regresaba a casa, subía a su cuarto y se echaba en la cama. De vez en cuando bajaba y hacía un poco de broma o veía la televisión, pero no mucho rato.

Mi madre me acompañaba a buscar trabajo. Primero mirábamos los anuncios del periódico, los rodeábamos con círculos negros, los marcábamos con una X. El periódico pintarrajeado quedaba doblado en pliegues grises sobre la mesa del comedor y nosotras empezábamos a discutir.

—No soy agradable y no tengo don de gentes. No pienso contestar a un anuncio que pide a alguien así. Sería una estupidez.

—Tú puedes ser agradable. Y también puedes ser sociable cuando no te menosprecias.

—Yo no me menosprecio. A ti lo único que te interesa es creer que lo hago para tener algo de que hablar.

—Tiras piedras contra tu propio tejado, Debbie.

—Oh, mierda.

Cogí un envoltorio de caramelo y empecé a estrujarlo de mala manera. Tenía las manos rojas y ásperas. Por más crema que me pusiera.

—Venga, hemos empezado con mal pie.

—Cállate.

Mi madre cruzó las piernas.

—Está bien —dijo. Cogió la sección «Living» del periódico y volvió a desplegarla. Echó la cabeza hacia atrás y bajó los párpados. El labio superior era cada vez más hostil a medida que leía. Cogió la taza verde y bebió un sorbo de té.

—Soy fiable. Podría contestar a un anuncio que pidiera gente fiable.

—Sí que lo eres.

Acabamos cogiendo el coche. Notaba los dedos de los pies hinchados dentro de los zapatos de tacón. Mi madre y yo metíamos la caja de kleenex floreada de la guantera y metíamos los pañuelos usados en una bolsa marrón que había entre los dos asientos. Había mucho tráfico en los dos carriles. Pasamos por delante de la tienda de dónuts Amy Joy. Aún no habían puesto la letra Y en la Amy del letrero.

Primero paramos en Wonderland. Había una vacante en el departamento administrativo de Sears. El hombre que estaba allí tenía una nariz larga e inquisidora, y se cogía blandamente las manos apoyadas sobre la mesa. Casi no apartó la mirada de las manos. Dijo que me llamaría y yo supe que no lo iba a hacer.

De vuelta al aparcamiento pasamos por delante de una tienda de mascotas. Solo había hámsteres, peces y unos pájaros amarillos de aspecto agotado. Nos paramos a mirar los grupos de pececillos que iban de un lado a otro de la pecera de agua densa y verde. Había estado en esa tienda cuando tenía diez años. Acababan de inaugurar la galería comercial y fuimos toda la familia a dar una vuelta. Mi hermana, Donna, quiso entrar en la tienda de mascotas. Dentro hacía mucho calor y estaba húmedo, y olía a pelo de animal y a hámster. Cuando salimos, se notaba la diferencia de temperatura. Dije que tenía frío y Donna se quitó la chaqueta de cuero blanca, y, al ponérmela por encima, dejó su mano sobre mi hombro izquierdo durante un rato. Nunca me había tocado así antes y nunca más volvió a hacerlo.

La siguiente visita fue a una oficina de información fiscal en un altísimo edificio con una franja verde. Me dieron un test de inteligencia que en su mayor parte era de ortografía y de «¿Qué es incorrecto en esta frase?». La mujer salió sonriente de su despacho con mi test en la mano.

—Has obtenido la mejor puntuación de todos los candidatos que he entrevistado —dijo—. Realmente estás demasiado cualificada para este trabajo. No te supondría ningún estímulo. Te aburrirías como una ostra.

—Quiero aburrirme —dije yo.

Ella se rio.

—Oh, no lo creo.

Mantuvimos una agradable charla acerca de lo que la gente espera de su trabajo y luego me marché.

—Bueno, supongo que no te sorprenderá haber sacado la mejor puntuación —dijo mi madre.

Fuimos a la panadería francesa de Eight-Mile Road y compramos unas pastas llamadas orejas de elefante. Nos las comimos directamente de la bolsa por el camino. Me sentía tan cómoda que me habría pasado todo el día dando vueltas en el coche.

Luego fuimos al bufete de un abogado en Telegraph Road. Era un edificio retranqueado de ladrillo naranja. No había ninguna casa ni ninguna tienda en los alrededores, solo un aparcamiento y unos cuantos abetos tiesos que parecían recién cepillados. Mi madre se quedó en el coche. Sonrió, cogió un crucigrama y se concentró en él sin dejar de sonreír.

El abogado era un hombre bajo de ojos oscuros y brillantes y hombros rígidos y macizos. Me dio la mano con un apretón indiferente y agresivo. Me pareció que podría haberme introducido la mano entre las costillas, agarrarme el corazón, estrujarlo un poco para ver cómo era y luego soltarlo.

—Pase a mi despacho —dijo.

Nos sentamos y clavó los ojos en mí.

—No es un gran trabajo —dijo—. Tengo una pasante que se dedica a la investigación y al papeleo, la corrección de pruebas la hace una agencia. Así que todo lo que necesito es una mecanógrafa presentable que sea capaz de llegar puntual al trabajo y de contestar al teléfono.

—Yo puedo hacer eso —dije.

—Es un trabajo poco interesante —dijo.

—Me gustan los trabajos poco interesantes.

Se me quedó mirando, los ojos entrecerrados por la reflexión.

—Hay algo en usted —dijo—. Es hermética, rígida. Un poco como un muro.

—Lo sé.

Mi respuesta le sorprendió y sus ojos entornados se fueron abriendo. Echó la cabeza hacia atrás y me miró, sus brillantes ojos de nuevo al descubierto.

—¿Se relaja usted alguna vez?

Las comisuras de mis labios se tensaron en un intento de sonrisa.

—No lo sé. —Me sudaban las manos.

Su secretaria, la que dejaba el puesto, me llamó al día siguiente para decir que me daban el empleo. Tenía una voz serena, monótona y absolutamente desprovista de inflexiones.

—Este curso de mecanografía ha sido realmente rentable —dijo mi padre—. Has hecho una buena inversión. —Entraba y salía del comedor nervioso y satisfecho, con el vaso de cerveza en la mano—. El despacho de un abogado puede ser un lugar fascinante. —Irguió la barbilla y se rascó el cuello.

Donna incluso bajó e hizo palomitas de maíz, y luego las puso en un gran cuenco amarillo sobre la mesa para que todos comieran. Ella lo hacía de manera indolente, acercando muy despacio su mano grandota al cuenco.

—Puede estar bien. Puede que vaya gente interesante. Aunque lo más probable es que ese abogado sea un gilipollas.

Mi madre estaba sentada en silencio, satisfecha del papel que había desempeñado en la búsqueda de trabajo, cogiendo puñados de palomitas con los dedos y metiéndoselos rápidamente en la boca.

Esa noche puse sobre una silla la ropa nueva para ir al trabajo y me la quedé mirando. Una falda marrón y una blusa beige. Me atraía aquella ligera fealdad, pero no sabía cuánto duraría. Miré aquellas formas grisáceas a la luz de la noche y luego me di la vuelta hacia el rincón oscuro de la cama.

El entusiasmo de mi familia hacía que mi actitud respecto al nuevo trabajo fuera un tanto sarcástica; de hecho, lo era respecto a todo aquello que implicara esfuerzo. En vista de su entusiasmo, la única manera inteligente de actuar parecía ser el inmovilismo y la tosquedad. Pero por la mañana, mientras me comía los huevos escalfados con tostadas, no pude evitar sentir una cierta curiosidad y nerviosismo. Ese sentimiento aumentó mientras iba en el coche con mi madre hacia el edificio retranqueado de color naranja. Tenía la sensación de estar consiguiendo algo. Y quería hacerlo bien. Cuando pasamos por delante de la tienda de dónuts Amy Joy vi, a través de la pared acristalada, a unos alegres obreros de la construcción con pesadas botas y chaquetas que estaban sentados en taburetes de vinilo esperando el café y las bolsas de dónuts. Dediqué algunas consideraciones sentimentales a la clase obrera y a lo agradable de hacer un trabajo en el que no hay que pensar. Me sentí satisfecha de ser como ellos, en la medida en que yo lo era. Le devolví la sonrisa a mi madre cuando bajé del coche y le dije «Gracias» cuando me deseó «Buena suerte».

—Bueno, ya está aquí —dijo el abogado. Dio una palmada sonora con aquellas pequeñas manos, cortas y macizas—. En punto. ¡Buenos días!

Empezó a enseñarme cuál era mi trabajo y siguió haciéndolo durante toda la semana. No vino nadie interesante a la oficina. En realidad casi no vino nadie. Durante la primera semana solo tres personas. Una era una mujer nerviosa de mediana edad que llevaba un corte de pelo desigual y unas botas infantiles de goma de color lavanda. Se sentó en el borde de la silla de la sala de espera con las botas de goma muy juntas y se puso a ordenar el contenido del bolso. La otra era una mujer gorda con un vestido chillón en forma de saco, que tenía amarillento el blanco de los pequeños ojos fieros y que empuñaba el bolso como si fuera un arma. El último fue un hombre que se había sentado con la cabeza desesperadamente girada, como si quisiera despegarla del tronco. Le oí levantar la voz dentro del despacho del abogado. Cuando se marchó, el abogado salió y dijo: «Está completamente loco», y me pidió que mecanografiara una factura por valor de quinientos dólares.

Un escritorio con máquina de escribir bajo la luz de una oficina
II / El despacho.

Todos los que se sentaban en la sala de espera parecían visitantes importunos y casuales. Todos se removían nerviosamente. Los viejos y elegantes sillones y el mullido sofá tapizado también se veían fuera de lugar en medio de la rígida modernidad de la estancia. El macizo escritorio de roble que yo ocupaba tenía un aspecto idiota colocado ahí junto a una pared cubierta de estuco beige. Las plantas melancólicas que estaban delante de mí daban la sensación de pesar mucho para ser plantas, aun cuando una de ellas era ligera y frondosa.

Me sorprendió que alguien como el abogado, que parecía ser una persona de mente organizada y bien amueblada, tuviera una oficina como aquella. Pero me sentía cómoda allí. Aquella mezcla era como un nido hecho con trapos aún aprovechables, amontonados apretadamente para dar calor. Las dos primeras semanas transcurrieron plácidamente. Yo disfrutaba de la monotonía de los días, de la repetición de los movimientos, de las breves y corteses interacciones entre el abogado y yo. Disfrutaba viendo cómo imponía con insensata confianza su sentido de la existencia sobre mí. Decía «Cópieme esta carta», y mi sensibilidad se contraía hasta que las abstracciones de la realización y la producción se materializaban en el mecanografiado de aquella carta. Me sentía útil.

Mi madre venía a buscarme cada día. Normalmente antes de ir a casa parábamos en el A&P a comprar una barra de pan francés, cerveza y salchichas para mi padre. Cuando llegábamos a casa, yo subía a mi habitación, me quitaba la falda y la blusa y las dejaba tiradas en el suelo. Me metía en la cama de sábanas revueltas con la ropa interior y los pantis puestos y escuchaba a mi padre chillándole a mi madre hasta que me quedaba dormida. Me despertaba cuando Donna aporreaba la puerta y gritaba: «¡A cenar!».

Una silla con ropa en una habitación azul al anochecer
III / Volver a casa.

Entonces bajaba con ella y me sentaba a la mesa. Todos mirábamos las noticias en la televisión mientras comíamos. Mi madre ponía una expresión marchita y ensimismada. Mi padre se encorvaba sobre el plato como un animal se abalanza sobre su comida.

Después de cenar, yo me iba arriba a escuchar discos y escribir en mi diario, o a jugar al parchís con Donna hasta que era hora de acostarse. Me dormía mirando la falda y la blusa que iba a ponerme al día siguiente. Me despertaba mirando el caniche de cerámica que se suponía que debía volverse rosa, azul o verde según el tiempo que hiciera, pero que solo se había vuelto gris una vez y gris se había quedado. Oía a mi padre en el cuarto de baño, el parloteo de la radio, el agua, el ruido del vaso al depositarlo encima del lavabo, el chirrido y el chasquido del botiquín al cerrarse. Donna esperaba delante de mi puerta a que él terminara, murmurando «mierda» o algo parecido.

Echando la vista atrás, no sé por qué aquella época fue tan satisfactoria, pero la verdad es que lo fue.

El primer día de la tercera semana, el abogado salió de su despacho, más rígido de lo habitual, los ojos brillándole de una manera peculiar e inquietante. Llevaba una de mis cartas en la mano. La puso sobre mi mesa, justo delante de mí.

—Mire esto —dijo.

Lo hice.

—¿Qué? —pregunté.

—En esta carta hay tres faltas de mecanografiado, una de las cuales, diría yo, es una falta de ortografía.

—Lo siento.

—Y no es la primera vez. Ha hecho otras que he dejado pasar porque eran sus primeras semanas. Pero esto no puede seguir así. ¿Se da cuenta de lo mal que quedo yo ante las personas que reciben estas cartas?

Le miré, mortificada. La catástrofe había estado oculta entre los pliegues de mi satisfacción durante dos semanas y él ni siquiera me lo había dicho. Parecía algo injusto, aunque, pensándolo bien, entendía su reticencia, su vergüenza incluso, a llamarme la atención sobre algo tan estúpidamente desagradable.

—Cópiela otra vez.

Lo hice, pero estaba tan alterada que cometí aún más errores.

—Me está haciendo perder el tiempo —dijo, y volvió a dármela.

Esa tercera vez la escribí correctamente, pero el resto del día el hombre estuvo de mal humor en su despacho.

Siguió ocurriendo lo mismo durante toda la semana. Cada vez eran mayores la irritación y la desconfianza del abogado. Además, yo notaba cómo crecía otra cosa en su interior, un sentimiento profundo que trepaba desde uno de sus rincones más oscuros, alimentado por la sensación de que había descubierto algo acerca de mí.

Yo estaba muy deprimida por la situación. Por la tarde, cuando regresaba a casa, no podía descabezar el sueño habitual. Me quedaba allí tumbada, mirando el caniche de cerámica gris e imaginando que tenía una conversación con el abogado que dejaría las cosas claras, en la que le explicaría que me estaba esforzando para hacer mi trabajo lo mejor posible. Daba la impresión de que él creía que cometía las faltas a propósito.

Al final de la semana empezó a quejarse por la manera en que atendía al teléfono.

—Es usted como una máquina —dijo—. Parece como si hablara desde la Dimensión Desconocida. No piensa cuando responde a la gente.

Cuando me pidió que fuera a su despacho al final de la jornada, pensé que iba a despedirme. La idea suponía un alivio, pero también un jarro de agua fría. Me senté y me clavó una mirada que era especulativa pero benigna, viniendo de él. Se arrellanó en la silla, con una mano colgándole desde la muñeca. Me quedé de piedra cuando empezó a hablarme de mis problemas tal como él los veía.

—Tengo la sensación de que es usted una buena persona pero muy compleja, con cambios bruscos de estados de ánimo que se empeña en mantener ocultos. Cierra la casa y hace como si no hubiera nadie dentro.

—Es verdad —dije—. Lo hago.

—Bueno, ¿y por qué? ¿Por qué no se abre un poco? Probablemente la ayudaría a hacer mejor su trabajo.

No es en absoluto de su incumbencia, pensé.

—Debería tratar de hablar más. Ya sé que soy su jefe y que tenemos una relación preestablecida, pero debería sentirse con libertad suficiente como para hablar conmigo de sus problemas.

La idea de hablar con él de mis problemas resultaba ridícula.

—Es difícil imaginarse ese tipo de conversación con usted —dije. Vacilé—. Usted tiene una personalidad muy fuerte y... cuando me encuentro con una personalidad así, me echo atrás porque no sé cómo lidiar con ella.

La respuesta le complació visiblemente, pero dijo:

—No debería ser tan tímida.

Cuando más tarde pensé en esta conversación me pareció, por un lado, que el abogado no era más que un gilipollas. Por el otro, sus comentarios eran extrañamente conmovedores y habían dado como resultado que yo me sintiera muy susceptible. Nadie me había hecho unos comentarios tan personales en toda mi vida.

Al día siguiente hice otra falta. La conversación tan personal que habíamos mantenido el día antes hizo que la falta le resultara aún más repulsiva, pues se puso más furioso de lo habitual. Yo deseaba que me despidiera. Estuve a punto de sugerirlo, pero no dije nada. Permanecí allí sentada contemplando la carta mientras él gritaba:

—Pero ¿qué es lo que le pasa?

—Lo siento —dije.

Se quedó un momento callado. Luego dijo:

—Venga a mi despacho. Y traiga la carta.

Le seguí a su despacho.

—Ponga la carta sobre la mesa —dijo.

Así lo hice.

—Ahora inclínese de manera que la carta le quede delante de los ojos. Apoye los codos encima de la mesa y acerque la cara a la carta.

Aturdida y confusa, hice lo que me decía.

—Ahora lea la carta para usted misma. Siga leyéndola una y otra vez.

Leí: «Apreciado señor Garvy: Le estoy muy agradecido por haberme remitido...». Empecé a azotarme en el trasero mientras decía «remitido». Lo más curioso era que yo ni siquiera estaba sorprendida. De hecho seguí leyendo la carta, aunque me costaba comprenderla. Me eché a llorar y las lágrimas hicieron que se corriera la tinta. La palabra «humillación» me vino a la mente con tanta fuerza que bloqueó de forma poderosa todas las demás palabras. Además, comprendí que el concepto que representaba había sido una fuerza mayor en mi vida durante bastante tiempo.

Una carta corregida junto a una máquina de escribir
Papel, tinta y correcciones.

Siguió pegándome durante unos diez minutos, creo. Solo leí la carta unas cinco veces, en parte porque pronto quedó demasiado mojada para ser legible. Cuando paró, dijo:

—Ahora póngase derecha y vaya a copiar la carta otra vez.

Me fui a mi mesa. Él cerró la puerta del despacho tras de sí. Me senté, me soné y me sequé la cara. Estuve unos minutos mirando al vacío, mortificándome de vez en cuando por el hormigueo que sentía en las nalgas. Escribí la carta de nuevo y se la llevé a su despacho. No levantó la mirada cuando se la dejé sobre la mesa.

Volví a salir y me senté, pensando en sumirme en un estado de estupor de algún tipo. Pero entró un cliente y no pude. Tuve que llamar al abogado por el interfono y comunicarle que había llegado el cliente. «Dile que espere», replicó bruscamente. Cuando le dije al cliente que esperara, se acercó a mi mesa y empezó a hablar conmigo.

—Ya he estado antes dos veces aquí —dijo—. ¿Se acuerda de mí?

—Sí, claro —dije.

Era un hombre de mediana edad, bajito y de aspecto rígido, que tenía unas pequeñas manos inquietas y una pálida cicatriz sobre el labio que le llegaba hasta la barbilla. La cicatriz no le daba aspecto de duro; era demasiado nervioso para tener aspecto de duro.

—Nunca pensé que pudiera ocurrirme algo así —dijo—. Nunca pensé que iría alguna vez al bufete de un abogado, y sin embargo esta es la tercera vez que vengo. Y no he conseguido absolutamente nada. Siempre he odiado a los abogados. Me miró como si esperara que me sintiera ofendida.

—Eso le ocurre a mucha gente —dije.

—O hacía esto o me cargaba a esos malditos desgraciados del piso de al lado, y de todas maneras habría tenido que acudir a un abogado para que me defendiera. ¿Está al tanto de la historia?

Lo estaba. El hombre quería demandar a sus vecinos porque tenían un perro que «ladraba todo el santo día». Le dejé que me lo contara. Fue extraño, pero esa breve conversación me hizo recuperar la calma. Todo parecía completamente normal cuando el abogado salió de su despacho para saludar al cliente. Me fijé en que llevaba mi carta en la mano. Un momento antes de darse la vuelta para acompañar al cliente me la tendió sonriendo. «Muy bien la carta», dijo.

Cuando volví a casa esa noche, todo era igual que antes.

Mi vida no se había alterado por el incidente, exceptuando un ligero aumento en el distanciamiento entre mi familia y yo. Ni siquiera tenía el trasero rojo cuando me lo miré en el espejo del cuarto de baño.

Pero cuando me acosté y pensé en lo que había ocurrido, me excité. De hecho, estaba más excitada de lo que nunca había estado en mi vida. Tampoco me extrañó. Me sentía aturdida, abotargada; tenía la sensación de que nunca más podría mantener una conversación normal con nadie. Me masturbé despacio, para postergar el clímax lo más posible. Pero no hubo clímax, aunque lo intenté durante mucho rato. Luego no pude dormir.

Ocurrió dos veces más durante la semana y media siguiente. Una semana después, cuando cometí una nueva falta, no me azotó, sino que hizo que me inclinara sobre su mesa, mirara la errata y repitiera «Soy tonta» durante varios minutos.

Por lo demás, nuestra relación no cambió. Por la mañana seguía mostrándose enérgico y amable. Y como parecía tan seguro de sí mismo, yo no podía evitar comportarme con él como si continuara siendo el mismo jefe dominante pero al mismo tiempo afable. Sin embargo, no volvió a invitarme a hablarle de mis problemas.

Empecé a tener sueños recurrentes con él. En uno, el más frecuente, íbamos caminando por un campo de grandes amapolas rojas. Hacía un día radiante y cálido. Nos sonreíamos y entre nosotros había una inmensa sensación de buena disposición y de libertad. Él me miraba y decía: «Ahora te comprendo, Debbie». Luego nos cogíamos de la mano.

Una vez me sentí turbada por lo que estaba pasando en la oficina. Era la hora de cenar y mi padre estaba preocupado por algo que le había ocurrido en el trabajo. Le oía vociferar en el salón mientras mi madre trataba de calmarle. Gritaba:

—¡Preferiría trabajar en un circo! ¡En uno de esos sitios donde uno mete la cabeza por un agujero y la gente paga para lanzarle porquerías!

—Ya no hay esas cosas en los circos —dijo mi madre—. Tranquilízate, Shep.

Cuando bajé a cenar, todo había vuelto a la normalidad. Miré a mi padre y experimenté una repugnante sensación de amor mezclado con desprecio y pánico.

La última vez que hice una errata y el abogado me llamó a su despacho, ocurrieron dos cosas insólitas. La primera fue que después de pegarme me dijo que me subiera la falda. El miedo se apoderó de mi estómago y me subió por el pecho. Giré el cuello y traté de mirarle.

—No tendrás miedo de que te viole, ¿verdad? —dijo—. No te preocupes, no me interesa en lo más mínimo. Súbete la falda.

Volví a bajar la cabeza. Pensé: No tengo por qué hacer esto. Puedo cortarlo ahora mismo. Puedo levantarme y marcharme. Pero no lo hice. Me subí la falda.

—Bájate los pantis y las bragas.

Una sensación de náusea me revolvió el estómago.

—Ya te he dicho que no voy a follarte. Haz lo que te he dicho.

La cara y el cuello me ardían, pero sentía las yemas de los dedos helados sobre mis piernas mientras me bajaba las bragas y las medias. La carta que tenía delante se distorsionó hasta ser irreconocible. Creí que iba a desmayarme o vomitar, pero no ocurrió ninguna de las dos cosas. Me mantenía en una especie de suspensión vertiginosa, como la que tengo en los sueños cuando puedo volar pero solo si estoy en una postura especial.

Primero no me pareció que hiciera nada. Luego noté un ligero frenesí de energía consumiéndose detrás de mí. Parecía como cuando un animalillo salvaje escarba frenéticamente entre la basura con sus pequeñas garras y dientes. Mis caderas quedaron rociadas de una porquería caliente y pegajosa.

—Ve a limpiarte —dijo—. Y copia la carta otra vez.

Me levanté despacio y dejé que la falda cayera por encima de aquella sustancia pegajosa. Él abrió enérgicamente la puerta y salí del despacho, sin ni siquiera subirme las medias, ya que de todas maneras iba a lavarme al cuarto de baño. Cerró la puerta detrás de mí y ocurrió la segunda cosa insólita. Susan, la pasante, estaba de pie en la sala de espera con una cómica expresión en la cara. Era una rubia que llevaba unos suéteres cortos de angora y bisutería dorada alrededor del cuello. En sus momentos de mayor cordialidad se le pegaba a la voz un tono gimoteante y abrasivo. Ahora apenas podía decir «Hola». Sus labios estúpidamente carnosos estaban entreabiertos con gesto especulativo.

—Hola —dije—. Un momento.

Ella se dio cuenta de mi manera de andar tan extraña a causa de las medias medio bajadas.

Entré en el cuarto de baño y me lavé. No me sentía incómoda. Hacía los gestos mecánicamente. Quería que esa tonta se fuera de la oficina cuanto antes para volver al cuarto de baño y masturbarme.

Susan terminó lo que había venido a hacer y se marchó. Me masturbé. Volví a copiar la carta. El abogado estuvo todo el día metido en su despacho.

Cuando mi madre vino a recogerme esa tarde, me preguntó si estaba bien.

—¿Por qué lo preguntas?

—No lo sé. Te veo un poco extraña.

—Estoy tan bien como siempre.

—Pues eso no suena nada bien, querida.

No respondí. Mi madre subía y bajaba las manos sobre el volante, aferrándolo nerviosamente.

—¿Quieres que paremos en la panadería francesa a comprar orejas de elefante? —preguntó.

—No quiero orejas de elefante. —Mi voz sonó inesperadamente desagradable. Casi me entraron ganas de llorar.

—Está bien —dijo mi madre.

Cuando me eché en la cama para dormir un rato, noté mi cuerpo denso y pesado, como si hubiera de resultar muy difícil volver a moverlo, lo cual ya me estaba bien, pues no tenía ninguna intención de moverme. Cuando Donna aporreó la puerta y gritó: «¡A cenar!», no respondí. Asomó la cabeza y me preguntó si estaba dormida, y yo le dije que no tenía ganas de comer. Me sentía tan exánime que creí que iba a quedarme dormida, pero no pude. Me quedé despierta oyendo las discusiones y la televisión, y luego las idas y venidas al cuarto de baño. Llegó la hora de acostarse, los cajones se abrieron y cerraron ruidosamente, hubo portazos, mi padre se adormecía con el murmullo de la radio. Los números color naranja de mi despertador marcaban la una y media. Pensé: Debería quitarme estos pantis y las bragas. Me senté en la cama y miré hacia la calle fría y gris por la ventana. Los arbustos de enfrente tenían un aspecto aterido y triste. Pensé en aquella época de hacía un año en que no podía dormir porque creía que alguien iba a entrar en la casa y matarnos a todos. Con el tiempo aquel miedo fue desapareciendo y pude volver a dormir tranquila. Me tumbé boca arriba sin quitarme la ropa y me abrigué bien con una manta fina. Más pronto o más tarde, pensé, me quedaría dormida. No tenía más que esperar.

Pero no me dormí, aunque me quedé con la mente en blanco durante largos y horribles periodos de tiempo. Pasaron las horas; la habitación se volvió gris. Empecé a oír los ruidos de la mañana: la cadena del váter, las toses, el reniego malhumorado de Donna. Antes, había veces en que me despertaba temprano y me quedaba en la cama escuchando a mi familia mientras trataba de organizarse torpemente para el día. La mayoría de las veces, aquellos ruidos me causaban una aversión irracional. Esa mañana estaba desesperada y sentía nostalgia de ellos, absolutamente convencida de que nunca en mi vida volvería a sentirme cerca de mi familia. Mis fosas nasales se llenaron de lágrimas que no llegaron a los ojos.

Collage de un rostro, texto mecanografiado y marcas rojas
IV / La palabra que ocupa todo.

Mi madre llamó a la puerta.

—¿No vas a llegar tarde?

—No voy a ir al trabajo. No me encuentro bien. Llamaré por teléfono.

—Ya lo haré yo. Tú quédate en la cama.

—No, soy yo la que tiene que llamar.

No lo hice. El abogado tampoco llamó a casa. No fui ni telefoneé al día siguiente, ni al otro. El abogado tampoco. Me sentía ligeramente dolida porque no hubiera llamado, pero la sensación de alivio era mayor que mi dolor.

Después de pasarme cuatro días en casa, mi padre me preguntó si no me preocupaba el hecho de faltar tanto tiempo al trabajo. Le dije que lo había dejado, delante de Donna y de mi madre. Mi padre se quedó de piedra.

—No has sido muy lista que digamos. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Me da lo mismo —dije—. El abogado era un cabrón.

Y, ante el incómodo desconcierto de mi familia, me eché a llorar. Salí del comedor y todos se me quedaron mirando mientras subía las escaleras con paso decidido.

Al día siguiente, a la hora de cenar, mi padre dijo:

—No te desanimes porque te haya salido mal el primer empleo. Hay otras muchas posibilidades ahí fuera.

—No tengo ganas de pensar en otro trabajo ahora.

Hubo malas caras alrededor de la mesa.

—Vamos, Debbie, no vas a tirar por la ventana todo lo que has conseguido con ese curso de mecanografía —dijo mi padre.

—Yo la comprendo perfectamente —dijo Donna—. Estoy harta de trabajar para cabrones.

—Joder —dijo mi padre—. Si yo hubiera tenido que dejar todos los trabajos que he tenido por ese motivo, os habríais muerto todas de hambre. Quizá eso es lo que debería haber hecho.

—¿Qué ocurrió, Debbie? —preguntó mi madre.

—No quiero hablar de eso —dije, y me fui del comedor otra vez.

Después de aquello parecieron darse cuenta, con su intuición para las cosas desagradables, de que había ocurrido algo horrible, porque no se habló más del asunto.

El abogado me envió por correo el último cheque. Llegó con una carta que decía: «Siento mucho lo que ocurrió entre nosotros. Me he dado cuenta de la terrible equivocación que cometí con usted. Solo me queda esperar que lo comprenda y no empeore esta ya de por sí desagradable situación comentándolo con otras personas. Mis mejores deseos». En la posdata me aseguraba que podía contar con que daría unas referencias excelentes. El cheque era por valor de trescientos ochenta dólares, unos doscientos y pico más de lo que me debía.

Estuve a punto de romperlo en pedazos, o de devolvérselo por correo al abogado. Pero no lo hice. Doscientos dólares valían más entonces que ahora. Con eso y el dinero que tenía en el banco ya podía pagar la fianza para el alquiler de un apartamento y todavía me sobraba. Subí a mi habitación y anoté «380» en la columna de ingresos del talonario de cheques. No me sentía como una puta ni nada parecido. Consideraba que estaba haciendo lo que debía hacer. Miré con satisfacción la cifra total de mi cuenta. Luego bajé al comedor y pregunté a mi madre si quería ir a comprar orejas de elefante.

Durante las dos semanas siguientes me olvidé de la idea de buscar un nuevo trabajo o de irme a vivir sola. Dormía hasta el mediodía sin oír los ruidos de la mañana. Me levantaba, comía cereales y ponía el lavavajillas. Veía la gris sucesión de viejas comedias televisivas. Hacía crucigramas. Me echaba en la cama entre el lío de colchas y mantas suaves y me masturbaba dos, tres, cuatro veces seguidas, siempre pensando en aquello.

Todavía estaba en esa fase cuando un día mi padre me plantó el periódico debajo de las narices y dijo: «¿Has visto a qué se dedica tu antiguo jefe?». Había un pequeño artículo sobre las próximas elecciones municipales en Westland. Se presentaba para alcalde. Cogí el periódico que me tendía mi padre. Por primera vez sentí una clara repugnancia por el abogado. En Westland no había más que centros comerciales, tiendas de dónuts y un enorme y espantoso teatro con un volcán artificial en la entrada. ¿Qué clase de imbécil podía desear ser alcalde de Westland? Una vez más, me fui del comedor.

A la semana siguiente recibí una llamada telefónica. Era una voz de hombre, una voz dulce, perspicaz, como de condolencia.

—¿Señorita Roe? —dijo—. Espero que perdone esta llamada inesperada. Soy Mark Charming, del Detroit Magazine.

No dije nada. La voz prosiguió, más insegura:

—¿Puede hablar, señorita Roe?

No había nadie en la cocina, y mi madre estaba pasando el aspirador en la habitación de al lado.

—¿Hablar de qué? —pregunté.

—De su anterior jefe. —La voz le salió ligeramente más áspera al decir estas palabras, pero inmediatamente volvió al tono de condolencia—. Por favor, no se asuste ni se preocupe. Ya sé que esta llamada puede ser molesta para usted, y soy consciente de que debe de parecer una intromisión. —Hizo una pausa para que yo pudiera reírme o algo parecido. No lo hice, y su voz se volvió más cautelosa—. Verá, estamos elaborando un reportaje sobre su exjefe a raíz de su candidatura a la alcaldía. Por decirlo de una manera suave, creemos que no debería de ningún modo presentarse para un cargo público. Opinamos que sería algo muy contraproducente para toda el área de Detroit. Tiene una reputación terrible, señorita Roe... cosa que no debe sorprenderla demasiado. —Hubo otra pausa cautelosa que yo tampoco llené—. Señorita Roe, ¿sigue ahí?

—Sí.

—Todo esto viene a raíz de que tenemos razones para creer que usted podría revelar alguna información sobre su exjefe que resultaría muy perjudicial para su carrera. Esta información no estaría en ningún momento relacionada con su nombre. Utilizaríamos un seudónimo. Su privacidad se vería absolutamente respetada.

Se apagó el aspirador y me rodeó el silencio. Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Necesita un poco de tiempo para pensárselo, señorita Roe?

—Ahora no puedo hablar —dije, y colgué.

No podía cruzar la sala de estar porque mi madre me habría preguntado quién había llamado, así que bajé al sótano. Me senté en un sofá mohoso con los muelles rotos, ajena a los ciempiés que corrían por allí. Apoyé el mentón en la rodilla y contemplé los cajones con los viejos libros en rústica de mi padre, y el montón de cajas de plástico de la Barbie llenas de accesorios y vestuario de la Barbie con el que Donna y yo solíamos jugar en el porche de la entrada. Un pie y un trozo de pantorrilla sobresalían blancos y tiesos de una caja azul celeste, con aire desvalido y conmovedoramente rígido.

Una silla con ropa en una habitación azul al anochecer
III / Volver a casa.

Por alguna razón recordé aquella vez, hacía algunos años, que mi madre me llevó a un psiquiatra. Una de las preguntas más obvias que me hizo fue: «Debbie, ¿has tenido alguna vez la sensación de que estás fuera de ti misma, casi como si de hecho pudieras verte desde otro lugar?». No la había tenido antes de aquel día, pero después sí. Y la verdad es que no era una sensación nada desagradable.

Coda

«Secretaria» pertenece a Bad Behavior (1988), el primer libro de cuentos de Mary Gaitskill: nueve historias sobre el deseo, el poder y la extraña dignidad de quienes se dejan mirar demasiado de cerca.

Cubierta de Bad Behavior de Mary Gaitskill, con fondo marrón
Bad Behavior / Mary Gaitskill
Cubierta de Bad Behavior con una fotografía en blanco y negro
Otra edición / El mismo relato

En 2002, Steven Shainberg lo llevó al cine como Secretary, con Maggie Gyllenhaal y James Spader. La película convirtió la herida en una historia de amor; el cuento, en cambio, se queda en el sótano, entre cajas de Barbie, mirándose desde otro lugar.

Fotograma de Secretary con una mujer inclinada frente a un escritorio
Secretary / Steven Shainberg, 2002
Lecturas