Piggy se puso a rememorar sus primeros días con Orly. La noche que se conocieron en el club de *striptease*, ella vio lo que tenía dentro como nadie antes había hecho. Lo entendió, y ya solo con eso hubiese bastado para asegurarse su devoción. Pero, después de eso, vino el trabajo más costoso: conocerse, establecer límites para saber dónde terminaba el trabajo de Orly y el servicio de Piggy, y dónde empezaba su amistad. Pero había una curva de aprendizaje: qué se consideraba un dolor placentero, cómo era la crueldad compasiva, cómo gestionaban sus deseos entre ellos y con el mundo exterior. Piggy recordó las ansias de dolor de Orly. En su primer año trabajando con él, golpeaba enseguida, sin pararse a pensar en su veneno, en lo que le quitaba, en cómo su dolor desbocado le afectaba a él. Para encontrar un equilibrio, ella deseaba un dolor igualmente desbocado y sin límites. Se buscó a personas que le hicieran daño. La crueldad por la crueldad, el dolor por el dolor. Pero era insostenible: llenarse para secarse.