La atadura Vanessa Duriès
Límites de lo que me parecía tolerable.
Me vendaron los ojos antes de atarme a una mesa,
con las piernas y los brazos separados.
El Amo Patrick explicó tranquilamente a los invitados,
para mí invisibles,
que yo había recorrido más de seiscientos kilómetros
para que me poseyeran como a una puta.
Los hombres se acercaron a mí
y, de repente, noté docenas de dedos que me palpaban,
se introducían dentro de mí, hurgaban y me dilataban.
La sensación era muy embriagadora.
El que me expusieran de esa manera ante desconocidos
me procuraba una borrachera de placer.
Mi ansiedad se disipó por completo.
El amor a mi Amo me llevaba a convertirme
en una perfecta puta,
una puta de cabo a rabo,
sin voluntad, sin condiciones, sin sentimientos.
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